miércoles, 30 de abril de 2008

LA TRAICION

-¿Qué le está pasando Sierra, se ha vuelto loco?
-¡Salte de una vez por todas, señor Alfredo. Salte o le disparo!

Alfredo siente que un súbito temor lo paraliza, no alcanza a entender esta extraña e inesperada reacción del vigilador, pero intuye que el hombre muestra una actitud verdaderamente amenazante y que debe intentar algo, hablar con el custodio, saber que intenciones tiene y porqué le está haciendo esto. Valiéndose de su brazo derecho, hace un esfuerzo intentando ingresar nuevamente a la cocina, pero en medio de esa acción defensiva el vigilador le aplica un fuerte puñetazo en pleno rostro. La potencia del golpe lo impulsa hacia atrás, aunque aún se mantiene aferrado al marco de la abertura. El custodio vuelve a golpearlo y esta vez, lo hace con mayor brutalidad. Cae de espaldas sobre las aguas con los brazos abiertos. La cuerda está tensa y el improvisado salvavidas lo mantiene a flote. El pestilente río urbano pasa veloz junto a su cuerpo que se sacude ante el embate de las aguas veloces. Alfredo aún en medio de su aturdimiento no quita su vista de la ventana iluminada a medias y puede distinguir claramente el momento en que el vigilador procede a cortar la soga que todavía lo mantiene asegurado al edificio.
Intenta gritar algo, pero los fuertes golpes recibidos en la boca y el pómulo izquierdo le han producido heridas que sangran profusamente. Su cuerpo, ya sin amarre, comienza a girar libremente sobre la superficie acuosa y rápidamente es arrastrado por las aguas. Sus gritos pidiendo auxilio se ahogan en medio de innumerables ruidos ensordecedores que fluyen en medio de la espantosa oscuridad. El cuerpo de Alfredo sigue flotando en ese trayecto sin control, su sangrante e indefensa humanidad va golpeando contra paredes y sólidos obstáculos de todo tipo. Ha tragado mucha agua, está lastimado en distintas partes del cuerpo y sigue sangrando. De pronto, un chasquido y el líquido voraz que brota con su terrorífica forma de hilo transparente desde las aguas putrefactas. El tentáculo viscoso vá directamente hacia las distintas heridas que Alfredo ha sufrido en su tránsito furioso . La poderosa aguja de agua escarba con ferocidad entre sus órganos. Lo está vaciando. El infeliz Alfredo quiere morir cuanto antes. El dolor es terrible. Solo son segundos, la aguja líquida desaparece rápidamente y el grotesco envoltorio de goma espuma sigue girando conteniendo ahora los restos de un cadáver del que solo quedan jirones de piel, huesos y ropa. Los miserables despojos de Reiner se pierden entre el inmenso río de sangre y muerte.
El vigilador ha cerrado la ventana que dá a la calle. Pero antes arroja su revólver hacia las aguas. Toma el bolso que había quedado sobre la mesada de mármol, lo abre y comienza a extraer los envoltorios. Comprueba que allí y tal como él suponía hay una importante cantidad de dinero y joyas. Desde el principio, cuando Alfredo llegó al edificio de la casa de cambio, el vigilador presentía que algo extraño estaba a punto de ocurrir. Por precaución solo bebió un sorbo del café que Reiner le ofrecía con tanta insistencia. Y aunque la cantidad de infusión ingerida era casi mínima, a los pocos minutos comenzó a sentirse mareado y hasta llegó a dormitar unos minutos. Más tarde, los ruidos que provenían del subsuelo donde están las cajas de seguridad lo despertaron. Esos inconfundibles martillazos contra el metal evidenciaban que Alfredo estaba rompiendo las cajas del subsuelo, fué entonces que el vigilador decidió esperar pacientemente a que Reiner termine su pesada tarea.
Calculó que su jefe había sembrado el lugar de huellas de todo tipo, además Reiner era el único que tenía en su poder las dos llaves que abrían la puerta y también la reja de acceso al codiciado subsuelo. Durante su tarea Alfredo había olvidado utilizar guantes, un descuido posiblemente causado por su nerviosismo. En todo momento había actuado de manera torpe y desesperada. El vigilador también llegó a pensar que Alfredo podía morir ahogado en la bóveda del tesoro, pero salvarlo, era una buena oportunidad para armar un plan creíble y sacar provecho de ese inesperado saqueo. El termo de café con somnífero era una evidencia. La soga improvisada atada fuertemente en la grifería de la cocina y que aún flameaba cortada atada en el grifo de la cocina, también. A la hora de la verdad, declarará ante la policía y el señor Pizarro que Alfredo Reiner se habría escapado por allí con el bolso del botín. Algo que él supone, ya que no tuvo posibilidad de oir ni ver nada de lo sucedido porque ni bien terminó de beber la taza conteniendo el café que Reiner le sirvió, se sintió mareado, entró en un profundo sueño y se despertó aproximadamente tres horas más tarde. También relatará que cuando volvió en sí descubrió a Reiner intentando descender hacia la calle a través de la ventana de la cocina y al verse sorprendido, Alfredo lo amenazó con el revolver que le había sustraído y luego se lanzó a las aguas hasta desaparecer en ellas. Una y otra vez, el custodio repasa minuciosamente todos sus movimientos con la intención de encontrar algo que pueda llegar a delatarlo. El vigilador mira hacia la ventana del departamento de enfrente, ese sitio tan cercano y esperanzador hasta donde Alfredo pensaba llegar ansiosamente. En esa vivienda ubicada en el piso superior del comercio de antigüedades, propiedad de Sonia Scheffer ahora hay luz y el custodio cree percibir algunos movimientos pero le resta importancia al asunto y se dedica a terminar con su plan. Envolverá el bolso con todo el plástico que encuentre en las oficinas y una vez que lo tenga protegido convenientemente, lo ocultará en el interior del tanque de agua existente en la terraza del edificio. Calcula que es el sitio ideal para utilizarlo como depósito de esa fortuna que el destino ha puesto ahora en sus manos. El dinero le permitirá cambiar su mísera existencia, comprar más adelante una casa propia para vivir dignamente junto a su familia y cuando haya transcurrido un tiempo prudencial contemplar la posibilidad de instalar un negocio que le permita vivir libremente y acceder tanto él como los suyos a un buen pasar económico, algo que jamás habían alcanzado. En ese bolso de grandes dimensiones que tiene en su poder se encuentra su futuro. Es joven aún, sus orígenes colmados de carencias, lo llevaron a trabajar de lo que sea. Siempre había tenido empleos temporales y mal pagos, solo se sintió medianamente feliz con su tarea en la casa de cambio, aunque durante sus innumerables horas de vigilancia nocturna, tenía muy en claro que solo era un simple custodio y que jamás lograría ascender dentro de la empresa por su limitada preparación.
Con el pesado bolso a cuestas, sube por la escalera que conduce a la terraza. Mientras asciende, nota que una importante cantidad de agua está ingresando desde el sector alto del edificio. La puerta que comunica con ese espacio superior es sólida y también está reforzada con una reja independiente. El vigilador tiene en su poder las respectivas llaves, la oscuridad es absoluta y todo el perímetro de la terraza está inundado. El tanque de agua es de grandes dimensiones y para llegar hasta la tapa, debe utilizar una escalera de metal que está amurada a la pared. La altura del tanque es de unos cinco metros. El vigilador pasa la correa del pesado bolso alrededor de su cabeza e intentará subir los peldaños rectos, cargando el bolso a modo de mochila. El vigilador conoce el tanque de agua en cada uno de sus detalles, ya que antes de cumplir con su actual tarea de custodio era el encargado de reparar las pérdidas de los caños del edificio y en varias oportunidades debió trepar hasta el tanque para arreglar el flotante. Mientras está subiendo piensa en la forma en que asegurará el bolso dentro del gigantesco recipiente. Para realizar esta tarea, lleva consigo una pequeña caja de herramientas y dos metros de alambre enrollado que porta a modo de collar.
Ya está alcanzando la parte superior del depósito de agua, abandona la escalera y se acomoda sobre la superficie de cemento. El ascenso le ha resultado fatigoso debido al peso que cargó sobre su cuerpo. Además de la intensa lluvia y la oscuridad imperante, desde esa altura considerable alcanza a distinguir luces que parecen hacer señales desde edificios linderos que están completamente a oscuras. Todo evidencia que son señales de auxilio provenientes de los habitantes de los departamentos. También ha visto la luz potente del reflector de un helicóptero que presume, está abocado a tareas de rescate. Se aboca ahora a la difícil tarea de quitar la sólida y pesada tapa del tanque de agua. Después de varios minutos, lo logra, está trabajando prácticamente a oscuras valiéndose de a ratos de su linterna. Introduce la mano derecha en el interior del depósito, recuerda que cerca de la tapa, existen unas grampas amuradas a las paredes y en ellas asegurará el bolso utilizándo el alambre que lleva encima. La idea del vigilador es dejar oculto el bolso allí y sacarlo en el momento apropiado. Para llevar a cabo esta etapa, se introduce dentro del gigantesco recipiente de cemento y para asegurarse, se amarra a la escalera de hierro con una parte de la correa que había armado para Alfredo Reiner. Ya ha descendido al profundo interior y aunque el tanque está repleto de agua, el vigilador tiene casi un metro de espacio seco como para poder moverse con un poco más de libertad . Acomoda la linterna en su axila derecha. Provisoriamente ha asegurado el bolso del botín en una de las grampas internas con parte del alambre. Estas grampas sirven de escalera cuando se procede a la limpieza del tanque, trabajo que se realiza en contadas oportunidades ya que es una tarea difícil. Para su tranquilidad recuerda que la última limpieza se hizo hace unos ocho meses y que pasará mucho tiempo hasta que se efectúe la próxima.
Los sonidos que provocan sus herramientas en el interior del depósito, resuenan como una especie de acústica sepulcral. La lluvia ingresa por la abertura y le causa una molestia constante de pronto, un involuntario movimiento, hace que la linterna que llevaba apretada debajo de uno de sus brazos caiga al agua. El vigilador maldice cuando se percata que el artefacto se ha hundido y vanos son sus sucesivos intentos por intentar recuperarlo. Valiéndose de los resplandores que producen los relámpagos, se concentra en amarrar el bolso a uno de los peldaños amurados a la pared del habitáculo. Con una pinza está ahora haciendo un torniquete al alambre que sostiene firmemente ell bolso. La escasez lumínica y los nervios motivan que la pinza, en una desafortunada acción le lastime la mano izquierda. Su trabajo está casi terminado. Quiere salir de ese ataúd acuático lo más pronto posible. La mano lastimada por la herramienta está sangrando, el vigilador no se percata de esto, ya que no siente dolor alguno. Comprueba que la cuerda que ha usado a modo de seguridad está firme y aferrándose a la soga apoya sus piernas en los peldaños interiores buscando ansiosamente salir del tanque. En medio de este intento, desde lo profundo del lugar repleto de agua, surge el chasquido letal. El tentáculo líquido sabe que hay sangre allí. El vigilador ya está cerca de la única abertura del tanque y no escucha el imperceptible ruido del filoso ariete líquido. Se mantiene aferrado a la cuerda y de pronto grita al sentir un terrible dolor en su mano sangrante. El líquido se clava en la zona herida y el aterrorizado custodio sin entender lo que sucede, suelta la mano derecha en un vano intento por quitarse de encima esa transparente y delgada aguja succionadora. El esfuerzo es sobrehumano, el vigilador alcanza a sacar la cabeza fuera del tanque y está intentando aferrarse a los bordes de la salida cuando se percata que ya no tiene la mano izquierda y en su lugar hay un horrible muñón que sangra profusamente. Una sensación de fuego recorre veloz todo su cuerpo, el líquido lo está devorando. Los aullidos del vigilador que ahora ha caído en el interior del depósito, rebotan acústicamente contra las paredes. Trata de abrazarse al bolso repleto de dinero y joyas que aseguró en uno de los peldaños de hierro y es lo último que alcanza a ver antes de hundirse en el agua. Solo borbotones. Burbujas que permanecen unos pocos segundos en el oscuro interior del tanque. La ropa, trozos de piel y los huesos del desgraciado custodio, descienden lentamente hacia el fondo de la tumba líquida. El bolso cargado de joyas y dinero se mece suavemente en el agua sangrienta como un mudo testigo de tanta codicia, traición y muerte.

domingo, 27 de abril de 2008

AGUA Y SANGRE

En todas las cárceles y comisarías de la ciudad, la órden es evacuar a todos los presos. En un principio, se habían destinado camiones y autobuses que fueron confiscados expresamente para el traslado de detenidos hacia zonas alejadas de la inundación pero la crecida incesante de las aguas, provocó que la mayoría de estos transportes fueran arrastrados por la corriente y chocaran contra postes de cemento, vehículos sumergidos o paredes de casas, comercios y edificios. La disposición de la dirección de penales, también incluía que los presos no fueran esposados a fin de preservar sus vidas. Muy pocos pudieron salir ilesos de los distintos “naufragios” que sufrieran los vehículos en que los que eran transportados. La mayoría de los detenidos morían ahogados o a causa de los fuertes impactos producto de la sucesión de choques.
En medio del caos podía observarse a muchos de los presos sobrevivientes aferrados a los techos de los autobuses tratando de mantenerse a flote. Otros, los que sabían nadar, intentaban alcanzar las cornisas de los edificios con el propósito de entrar a los mismos y salvarse de la furia de las aguas. Las ratas surgen por todas partes en cantidades increíbles. Están hambrientas y devoran cuanto cadáver aparece a su paso. Se movilizan rápida e impunemente emitiendo chillidos que anuncian su temida presencia. Las bocas de tormenta están rebasadas y obstruídas completamente por grandes cantidades de residuos, cadáveres y restos de vehículos. Nadie ha advertido que ahora, desde esos desagües surgen delgados hilos de agua que brotan a cada segundo buscando succionar carne humana que tenga restos de sangre a causa de alguna herida.
El líquido escarba la carne de los muertos que arrastra la corriente. Devora todo lo orgánico que encuentra en su camino y posteriormente la piel de los cuerpos succionados flota con la forma de delgados trozos de alfombras mezclándose con los restos de objetos del gigantesco naufragio urbano. La locura imperante en la ciudad, hace que la acción carnívora del líquido solo haya sido observada por muy poca gente, ya que lo único importante por ahora es la supervivencia a toda costa. El ruido que producen las aguas moviéndose hacia el río, se torna insoportable y aumenta el pánico en aquellos que aún logran sostenerse al límite de sus fuerzas en las cornisas o los agitados techos de los vehículos que flotan descontrolados y con algunos cadáveres en su interior. Un automóvil de pequeño porte se ha estrellado contra un poste de cemento. El conductor ha muerto en el acto y su rostro está cubierto de sangre. Tiene puesto el cinturón de seguridad y la mujer que lo acompaña ha sufrido golpes en el pecho y las piernas.
La víctima grita pidiendo auxilio. Desesperada, intenta quitarse el cinturón. Por fín, lo consigue, pero el agua que ingresa a raudales por las aberturas comienza a inundar el interior del vehículo. Los cristales están rotos. La mujer lucha denodadamente por salir a través de la ventanilla derecha, pero el impulso de las aguas se lo impide. Tiene heridas cortantes en los brazos. El agua le está llegando al cuello. Sus manos ensangrentadas en un intento final logran abrir el techo corredizo. En un esfuerzo sobrehumano consigue trepar y pasar la mitad del cuerpo por la abertura. Su respiración es agitada. Estuvo a punto de morir ahogada y ahora trata de salir al exterior para mantenerse en el techo del vehículo. Otra vez el chasquido conocido que anticipa una muerte segura, después del sonido fatídico, un tentáculo líquido sale a la superficie y se desplaza velozmente sobre las aguas oscuras buscando primero el cuerpo sin vida del conductor del automóvil sumergido. El líquido ingresa por la boca del desdichado y como en todos los casos, succiona sus órganos. Ignorando lo que sucede abajo, la mujer, casi sin fuerzas vuelve a fracasar en su intento de pasar toda su humanidad por la abertura.
Siente un dolor punzante en una de sus piernas heridas. El líquido penetra con el efecto lacerante de una lanza. La mujer no alcanza a gritar. Todo su cuerpo es vaciado en un minuto. Su cabeza asomada en el techo corredizo tiene los ojos fuera de sus órbitas y vibra como si se tratara de un títere histérico que golpea sucesivamente contra el metal del techo hasta convertirse en una máscara de piel resquebrajada.
Retornemos al edificio de la casa de cambio. Ya el vigilador ha logrado cortar y quitar la reja de hierro instalada en una de las ventanas del primer piso. Alfredo está agotado, se siente débil y el miedo comienza a invadirlo. Teme que sus fuerzas lo abandonen en el intento. La tensión nerviosa y el esfuerzo que hizo para romper las cajas de seguridad en el subsuelo, parecen haberlo dejado sin defensas. Se ha sentado en una silla de la pequeña cocina de la empresa. El bolso conteniendo el fruto de su robo está apoyado sobre la mesa de madera. El vigilador controla la resistencia del tramo de soga que utilizará Alfredo para su intento de cruzar la calle abriéndose paso entre las cada vez más enloquecidas aguas. Sin decir palabra alguna, el vigilador le invita a colocarse el improvisado chaleco salvavidas. Alfredo siente que ese ingenioso envoltorio de goma espuma que confeccionó el vigilador Sierra le ayudará a flotar y desplazarse cuando se arroje al agua. La oscuridad es total, el ruido de las aguas desplazándose por el río urbano es monótono y produce miedo. Miedo que Alfredo no consigue dominar. El vigilador comprueba una vez más la solidez de la extensa cuerda que armó por tramos. Los hombres se miran en silencio absoluto. Los relámpagos iluminan es flashes sus rostros tensos y cubiertos de sudor.
-¡Hágalo ahora! le dice el vigilador señalando hacia la calle.
Alfredo hace un gesto afirmativo. Vuelve a pensar que está actuando como un verdadero hijo de perra para con ese hombre que tanto está haciendo por él. No se atreve a decirle la verdad. ¿Y si le ofrece la mitad del botín que hay en el bolso? Con la mitad de lo que extrajo de las cajas de seguridad, él y el vigilador podrían vivir muy holgadamente por varios años. Piensa en lo que irá a suceder cuando todo se normalice y descubran que fueron vaciadas las cajas del subsuelo. Imagina la cara que pondrá Pizarro, su patrón, cuando le confirmen que Alfredo Reiner, su empleado más fiel y confiable de tantos años, fue quién abrió la puerta de acceso al tesoro y él mismo, con sus propias manos rompió las cerraduras de las más importantes cajas de metal. El vigilador se está ocupando en éste momento de asegurarse que el chaleco salvavidas estuviera bien amarrado al cuerpo de Alfredo. Alfredo caminó un par de metros con su envoltorio de goma espuma. Sonrió nerviosamente, con ese trasto encima, se sentía como un cascarudo y no le pareció oportuno comentarle esta ocurrencia al vigilador. Alfredo mira hacia el torrente líquido que transita rugiente por la calle. En la ventana del departamento que comparte con Sonia, no hay ninguna señal. Si la mujer estuviera despierta, el living se vería un poco más iluminado ya que contaban con suficientes baterías como para alimentar las luces de emergencia que hay en la vivienda. Sonia sigue durmiendo pensó una vez más.
-¿Listo? Pregunta el vigilador.
-¡Sí, estoy listo pero me gustaría que usted viniera conmigo!
-Por favor no insista, estoy decidido a permanecer en mi puesto, señor Alfredo, quiero seguir
conservando este trabajo. Lo necesito, es mi sustento y el de mi familia. Me costó
mucho tiempo lograr que el señor Pizarro me tome como personal efectivo. Lo importante
ahora, es que usted logre cruzar la calle, yo lo voy a seguir desde aquí con la linterna grande que
tiene una luz muy potente, pero...¿Usted sabe nadar?
-Hasta hace dos años iba a nadar a una pileta cubierta. Lo hacía dos veces por semana. Me
defiendo, solo eso, me defiendo. Pero esto no es lo mismo.
-¡Téngase fé! Lo va a lograr señor Alfredo. No se detenga en ningún momento. Lo más
importante es la respiración. No trague agua y mueva constantemente los brazos y piernas en
forma simultánea.
-¡Bien, voy a bajar por la cuerda, alcánceme el bolso, por favor!
-Porqué no se larga solo, el bolso es demasiado pesado, si lo lleva, pueden hundirse juntos.
-¡El bolso viene conmigo! Es muy importante que lo lleve.
-Es una locura señor Alfredo, esto pesa una barbaridad, dice el vigilador a la vez que toma el
bolso con las dos manos y lo levanta a unos centímetros de la mesa.
Los mecheros encendidos de la cocina y la luz débil que produce el generador del edificio muestran el rostro ahora tenso y cansado de Alfredo. El vigilador ha comprobado el peso del bolso y cree que ese hombre obstinado por llevar consigo ese montón de papeles está a punto de cometer una locura. Sabe que jamás podría cruzar la calle anegada con semejante lastre. Opta por no insistir, piensa que es inútil hacerlo cambiar de parecer. Por sugerencia del vigilador, Alfredo también se asegura pasando la cuerda alrededor de su cintura. Una vez hecho esto, el custodio la anuda con firmeza.
-Como usted quiera señor Alfredo. Tómese de la cuerda y comience a bajar hacia
la calle con cuidado, al salir de la ventana, apóyese en la primer cornisa, desde
allí solo tiene unos tres metros para entrar en el agua.
Alfredo se abraza con fuerza al vigilador. Lamenta haberlo conocido en esa extraña circunstancia. ¿Cuántas horas había estado en el edificio junto a él? Estaba a punto de partir con una fortuna a cuestas y ese buen hombre, que además de haberle salvado la vida también le está demostrando en este momento que tiene moral y principios. Alfredo sube a la mesada de mármol, luego se introduce en el hueco de la ventana y queda de espaldas a la calle. Mira a Sierra y le hace una señal para que le alcance el bolso. El vigilador parece ignorar esta indicación y lo mira fijamente a los ojos, Alfredo siente un destello de furia en esa mirada. La respiración de Alfredo es agitada. Trata de ordenar velozmente sus pensamientos, pero el vigilador no le dá tiempo. Le apunta con el revolver calibre treinta y ocho. La actitud del custodio es amenazante. El agua de la lluvia golpea sobre sus hombros. Instintitivamente, hace un ademán para salir de su indefensa posición

viernes, 25 de abril de 2008

LAS PESTES

El capitán Castillo intenta sacar a la mujer del lugar. Alejandra se resiste y sigue gritando. El doctor Marino, desaparece del macabro escenario por unos pocos minutos y regresa. Castillo aún no consigue calmar a la desesperada mujer. Marino tiene una jeringa descartable en su mano. El capitán entiende que el médico fue a buscar un sedante y aferrando con fuerza a Alejandra, le dá tiempo a Marino para que le aplique la inyección en el brazo. En contados segundos la mujer pierde el sentido y los dos hombres la levantan para acostarla a lo largo de un sillón del living.
Tanto Castillo como Marino muestran su angustia y preocupación, han asistido a un hecho terrorífico, casi frente a sus propias narices y sin poder evitarlo. El capitán trata de quitar el sudor de su frente con su mano derecha. Alejandra está ahora profundamente dormida. Marino mira con insistencia hacia el baño. Por primera vez, Castillo nota que el médico parece haber perdido su calma habitual.
-Tenemos que sacar a esta mujer de aquí, dice Castillo.
-Creo que todos tenemos que salir urgente de este maldito sitio, capitán, responde Marino.
-Lo primero que haremos será cortar el agua en el edificio y tapar todas las salidas de las
canillas contesta el capitán.
-Marino asiente con su cabeza. Sus manos tienen un leve temblor. El capitán Castillo se incorpora
y apoya su mano en el hombro del médico.
-No podemos perder la calma ahora doctor, le dice.
Marino no parece haberlo escuchado y solo solloza. Castillo piensa que aquel hombre no llora de
miedo, sino de impotencia.
Toda la gente que está en el edificio, sabe lo que ocurre. Los hechos fueron descriptos minuciosamente por el propio capitán Castillo, quién después de cortar el paso del agua a la torre, como primera medida de prevención, ha reunido a los moradores para informarles en persona sobre la cruda verdad de los sucesos. Ningún residente de la torre, ha faltado a la reunión de emergencia. Castillo propuso a los atemorizados presentes que bajo ningún concepto se utilizaría el agua corriente de las cañerías y las bocas de todos los grifos existentes se sellarían convenientemente a modo de prevención. También les hace saber que a partir de ahora, se sobreviviría bebiendo unicamente agua mineral.
La señora Sara Ekerman, es la vecina de más edad. Vive sola y tiene ochenta y cinco años. Es una mujer de sólida posición económica. Desde el comienzo de la catástrofe, se mantuvo serena y solidaria. En medio de la tensión del ambiente, fue quien rompió el hielo con una pregunta ingenua y también lógica...
-Escuche capitán, yo me baño todos los días, ¿ cómo hago? ¿ Uso el agua mineral ?
Todos ríen ante esta insólita ocurrencia de la señora Ekerman que de alguna manera fué muy oportuna para distender el clima reinante. Hay veinticuatro asistentes que muestran gran procupación por los sucesos. El doctor Marino , parece ahora más calmo, él mismo se encargó de llevar el cuerpo del comisario Vélez a la morgue provisoria que guarda los restos de las víctimas del líquido en el edificio. La única ausente es la esposa del ex comisario que después de recibir otra dosis de calmante, duerme en una habitación del departamento del doctor Marino. La mayoría de las personas ha manifestado sus temores y también han expuesto sus ideas. Los más jóvenes sugieren enviar un bote de goma con motor fuera de borda con dos mensajeros y buscar ayuda de las fuerzas gubernamentales.
Esta idea le parece acertada al capitán, pero prefiere reservarla para llevarla posterioremente a cabo en un caso extremo. De acuerdo a los informes obtenidos, en cada uno de los departamentos, disponen de existencia de agua mineral y alimentos como para resistir sin problemas durante aproximadamente tres días más. También existen testimonios que algunos teléfonos celulares han tenido señal por unos pocos minutos y luego enmudecieron nuevamente. Uno de los asistentes a la reunión dice que había tratado de comunicarse con defensa civil y no tuvo éxito y que también probó contactarse con amigos y familiares, con resultados negativos. Castillo pidió que todos los allí presentes, sin excepción entreguen sus teléfonos móviles. Esto lo dijo a modo de órden y luego explicó que no es una medida caprichosa, simplemente lo hace para evitar que álguien hable de más y los hechos trasciendan negativamente y esa noticia actúe como un dispararador de pánico entre la población. Para Castillo lo más indicado sería que los terribles hallazgos sean investigados por el gobierno y a partir de allí , sean los especialistas los encargados de dar esta información y oportunamente tomar las correspondientes medidas de seguridad.
La mayoría no parece estar de acuerdo con la "confiscación" de los teléfonos celulares, Castillo hace caso omiso a esta disconformidad, aseverando una vez más que finalizada la reunión, el doctor Marino recibirá todos los aparatos existentes para tenerlos bajo su custodia, también aclara que cómo responsable de la vida de los habitantes de la torre, cumplirá su misión sea como sea y justificará cualquier medio a emplear para que se cumplan sus directivas. Seguidamente aclara que si la mayoría no está de acuerdo, renunciará en el acto a la tarea que le encomendaron. El doctor Marino está convencido que Castillo hace lo correcto y se ha convertido en un aliado incondicional del ex infante de marina. Marino le avisa a Castillo que irá a su vivienda a controlar el estado de la esposa del desdichado Vélez. El resto de las personas, irán a sus departamentos a traer toda el agua mineral con que cuentan. La idea de Castillo es que el líquido potable y los alimentos, se almacenen en un espacio del departamento desocupado que sirve como depósito de los fallecidos.
A partir de ahora, el agua racionada y la comida enlatada se distribuirá cada día entre los moradores y en forma equitativa sin distinción alguna. Una nueva disciplina de náufragos comienza a imperar en la torre. Esta norma de supervivencia es lo único que puede asegurar órden y al menos unos cuatro días más de vida en medio de tanto caos. La confianza en el capitán Castillo es absoluta. Todo indica que las personas han confiado su destino a este hombre que decide sin titubeos.
En este momento las radios hablan de la caída de un helicóptero en cercanías de la quinta de Olivos. La máquina perteneciente a la policía Federal chocó contra una torre de comunicaciones instalada en lo alto de un edificio de la avenida Libertador. Aparentemente, el helicóptero tuvo fallas y el fuerte viento, lo impulsó hacia un costado y dio de lleno contra la torre estrellándose en la avenida completamente destrozado y sin sobrevivientes. Para muchos oyentes, esta era una más de las tantas aeronaves que se accidentaron con mala fortuna durante el temporal. Solo el presidente y sus colaboradores inmediatos, reunidos en la quinta de Olivos, saben que a bordo de este helicóptero iban como pasajeros los dos testigos que vieron cuerpos extrañamente mutilados en la morgue de uno de los más importantes hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires. También estaban en la máquina siniestrada los Cds fotográficos y cintas de video casero que documentaban los terroríficos hallazgos.
En tanto, en el hospital de campaña donde la doctora Elena, el padre Marinello y el doctor Beguet, siguen trabajando denodadamente, ya no hay sitio disponible para albergar a los heridos y sobrevivientes que utilizando precarios botes o balsas improvisadas, siguen llegando en procura de auxilio médico, agua potable y también algo de comida. Las raciones están prácticamente agotadas y el agua potable mineral comienza a escasear. Hace muchas horas que no hay señales del helicóptero de la fuerza aérea, el único medio que les hacía llegar alimentos y medicinas. Hay una sensación creciente de desaliento. La doctora Elena descansa ahora en una colchoneta ubicada en el pasillo del último piso.
Las aguas contaminadas siguen subiendo, la lluvia no cesa y el cielo se mantiene tenebrosamente oscuro. Los enfermos y refugiados se amontonan en el único sitio habitable del hospital. En el sector donde funciona la improvisada morgue, los cadáveres en estado de descomposición se van apilando y el olor que emana de los cuerpos se torna insoportable. El padre Marinello sigue mirando hacia el desolado y negro horizonte buscando la salvadora aparición del helicóptero o la lancha de Prefectura Naval, pero a medida que transcurre el tiempo, siente que esa esperanza se va desvaneciendo. Piensa en los cadáveres putrefactos y en la necesidad de arrojarlos a las aguas cuanto antes. Ya hay señales de epidemias en el hospital. Los casos de diarrea, fiebre y anemia se multiplican y las vacunas antirrábicas se racionan, utilizándose al igual que el suero y la morfina en casos extremos.
La doctora Elena siente un gran cansancio en todo su cuerpo, presume que esté padeciendo un estado gripal fuerte y aunque se ha medicado, es factible que sus defensas estén bajas. Su rostro exhibe las señales de interminables días sin descanso atendiendo a los enfermos anteriores y a los que ingresaron recientemente. El padre Marinello y el doctor Beguet se acercan al dormitorio de los médicos y enfermeras para hablar con ella. El doctor Beguet dice:
-Doctora Elena, queremos saber su opinión sobre un tema preocupante, y está relacionado con
el estado de los cadáveres que tenemos en nuestro precario depósito...
-El doctor Beguet cree que lo más indicado, sería arrojar los cuerpos de nuestros hermanos
a las aguas a fin de evitar pestes u otros problemas mayores y queremos tener la opinión
suya y la del resto del personal, dice el sacerdote con tristeza.
-¿Saben algo?, he atendido a dos personas que sufrieron mordeduras de ratas en distintas
partes del cuerpo. Se trata de una mamá jóven y su hijo de once años, que ingresaron ayer
a última hora. La mujer me comentó que todo el sector inundado de lo que era la villa de
emergencia, está infectado de alimañas hambrientas, comenta la doctora.
-¿Ratas?, ¡Esto es terrible! exclama el padre Marinello.
-Era de esperar una plaga de esta naturaleza, ¿que más dijeron las personas atacadas,
Elena?, pregunta Beguet.
-Comentaron que hay cientos de ratas devorándo cadáveres de animales y también de
seres humanos por todas partes. También las han visto moverse entre las aguas apiñadas
encima de trozos de maderas y todo aquello que sirva para mantenerlas a flote, responde la
doctora al tiempo que enciende un cigarrillo y bebe un sorbo de café.
-Mi Dios, esas malditas alimañas están desesperadas de comida, y creo que pueden
convertirse en nuestra peor amenaza, asegura el doctor Beguet.
-Si ustedes están de acuerdo, lo primero que haremos y de inmediato, será deshacernos de los
cadáveres y la única manera será arrojarlos a las aguas, no tenemos otra alternativa, sugiere la
doctora muy apesadumbrada.
-Elena, yo y el doctor Beguet con ayuda de las enfermeras y los voluntarios nos encargaremos
de realizar esta ingrata tarea, le pido encarecidamente que usted se despreocupe y trate de
descansar, la necesitamos entera. ¿Me hará ese favor? pregunta el sacerdote.
-Sí padre, yo le haré ese favor que me pide, pero a cambio usted debe prometerme
algo, ¿sí?
-Lo que usted pida Elena, responde el cura.
-Prométame que yo seré la última persona que abandone este lugar.
-Disculpemé doctora, pero no podré cumplir con ese deseo suyo, ya que tanto el doctor Beguet como yó, hemos decidido que si vinieran a rescatarnos, tanto por aire o agua, seremos nosotros
los últimos en dejar este sitio, le responde el padre Marinello con una sonrisa mientras toma con
dulzura las manos de la profesional.
La doctora guarda silencio. El sacerdote y Beguet se retiran del dormitorio. Elena está demasiado débil y afiebrada como para presenciar el momento en que los cuerpos de los allí fallecidos sean arrojados a las aguas sucias. Piensa que no hay otra alternativa y que han tomado la decisión correcta, vencida por la fatiga y su estado febril, cierra los ojos y cae en un profundo sueño. El padre Marinello está ahora de pié frente a seis bultos envueltos en mantas. Tiene la Biblia en sus manos y está orando, a modo de despedida por los fallecidos que recibirán la triste "sepultura acuática". Tanto él, como el doctor Beguet y quienes ayudaron a retirar y preparar las mortajas, llevan puestos barbijos. Los truenos, estallan ahora en sucesión , al igual que los relámpagos, aunque no pueden evitar que en todo el ámbito del edificio se escuche nítidamente el choque contra las aguas de cada uno de los cuerpos arrojados. Algunos cadáveres tardan en hundirse y se mantienen algunos minutos sobre pestilente la superficie. La lluvia continúa y éste, ha sido para los encargados de la tarea, el peor momento que les ha tocado vivir desde que ocupan ese centro asistencial.
El doctor Beguet, se estrecha en un abrazo con el padre Marinello, que no puede evitar el llanto.



jueves, 24 de abril de 2008

CONDENAS DEL PASADO

Aunque no pudieron tener hijos, el matrimonio llevó una vida estable. Vélez logró una cómoda posición económica y tuvieron la posibilidad de realizar varios viajes al exterior. También recuerda que hubo una época en la que su marido bebía casi en exceso y le resultaba imposible poder conciliar el sueño. Durante años, las terribles pesadillas de Vélez, sus gritos, la transpiración y la agitación que irrumpían en su sueño la despertaban sobresaltada. Recuerda que con el tiempo la ayuda sicológica y una medicación, lograron que su esposo se fuera tranquilizando. Alejandra asumió el rol de ama de casa y trató de mantener a toda costa su matrimonio. No ha sido fácil para ella soportar tanta presión cuando pasaba largas noches de vigilia esperando que Vélez regresara a su casa después de cada operativo. Jamás quiso saber detalles sobre el trabajo de Vélez. Siempre creyó que sería lo mejor para evitar fricciones ya que al oficial nunca le gustó hablar de sus tareas en la fuerza.
Esta era la primera vez que su marido ha sido confidente con ella. A medida que lo escuchaba, lo veía demacrado, nervioso y por primera vez, después de varios años, Vélez había vuelto a tomar whisky. Vélez se siente bastante mejor ahora. El agua tibia que brota con fuerza de la ducha, lo relaja. Hacía mucho tiempo que necesitaba hablar con Alejandra. Los años han transcurrido y tiene la sensación de haber vivido junto a una desconocida. La rutina los había llevado a ser compañeros respetuosos, pero asume que solo le dio un pequeño porcentaje de su verdad interior a esa buena mujer que lo ama de verdad. El policía, siempre tuvo miedo que Alejandra conociera cual había sido su rol en la época de la dictadura militar. La fuerza de seguridad había sido su vocación desde chico. En ella encontró a una familia y se entregó de lleno en el cumplimiento de su deber. Siempre tuvo un carácter retraído y se esforzó por ser el mejor oficial, sin discutir jamás una órden de sus superiores.
Los operativos del setenta y siete y setenta ocho, le habían cambiado la vida. ya nada sería lo mismo. Los golpes primero y el derribamiento de las puertas después. Los gritos, las armas amartilladas y esos chicos, casi niños que con sus rostros llenos de miedo levantaban las manos bien arriba. Los cabellos de los muchachos y las pibas que quedaban en sus manos cuando los arrastraban por el suelo. Los culatazos que daban en esos cuerpos delgados vestidos a veces con camisas de colores y pantalones estilo Oxford y otras en ropa interior, porque los sorprendían en medio de la noche. El olor de la transpiración , el miedo de sus prisioneros que apenas tenían veinte años y que eran supuestamente guerrilleros responsables de algún atentado.
La seccional era el primer tramo de la detención de aquellos chicos. El estaba a cargo, cuando aquella noche, le llegó la órden a través del teléfono. Eran operativos conjuntos con el ejército y la policía hacía la tarea de ir adelante, la avanzada, porque conocían mejor el terreno urbano. Cuando colgó el aparato, sintió una puntada en el estómago, le habían dado la misión de ejecutar a los ocho prisioneros que estaban a su cargo. Todo debía hacerse rápido y simulando un enfrentamiento. Sin perder tiempo instruyó a sus hombres y prepararon todo para ejecutar la órden. El mismo se encargó de mentirle a los chicos que los trasladarían a la jefatura de policía para después liberarlos. A su mente vienen las imágenes de esos jóvenes que habían sido golpeados durante varias noches y tenían las marcas en su cuerpo y rostros. Los labios partidos y los ojos hinchados. Una de las chicas, que recuerda como Laura, era rubia y muy bonita. Ella había recibido picana eléctrica, al igual que el resto de sus compañeros, pero no había resistido y estaba en estado de shock, sus ojos celestes miraban al vacío, como indiferente.
El calabozo era grande. Algunos de los chicos se habían hecho encima durante las sesiones de tortura. Poco obtenían en esos interminables interrogatorios. Generalmente los prisioneros se quebraban y comenzaban a dar nombres de compañeros de la facultad que supuestamente estaba en "algo". Esos datos se usaban para seguir buscando ideólogos que pertenecieran a los diferentes grupos extremistas. Esa noche, Vélez, el joven oficial patriota que quería ser un buen integrante de la policía, iba a tener su primera sangre. Los chicos fueron sacados de la seccional sin esposas y los ubicaron en dos camionetas que irían acompañadas por vehículos policiales. Era una noche poblada de estrellas, hacía calor , era primavera. Vélez fumaba un cigarrillo tras otro y no podía disimular sus nervios. Había leído el libro “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh y muchas veces, le pareció una mierda el fusilamiento de es pobres tipos que solo habían cometido el delito de ser peronistas.
Un sargento primero al que apodaba "el mono", era quien ejercía el control de la operación. "El mono" también era el que se encargaba de torturar a los prisioneros y cumplía esa tarea con gran satisfacción. El lugar elegido era un descampado cercano a una villa. El viaje fue corto, aunque para él pareció durar una eternidad. Durante el trayecto los chicos que iban en las camionetas cantaban temas de Sui Generis, un grupo de rock de la época. Todo indicaba que estaban contentos y habían creído en efecto que estaban libres. Los vehículos se detuvieron. Los muchachos fueron obligados a descender. Vélez iba en uno de los patrulleros y el dolor en su estómago era cada vez más fuerte. Los agentes que lo acompañaban iban en silencio y parecían despreocupados. Los chicos fueron puestos en línea. "El mono" estaba contento. Tenía una metralleta en su mano e insultaba permanentemente a los pibes que estában formados como un grupo de “zombies” desconcertados y temblorosos.
Al fin, luego de unos minutos, recorrió el lugar y decidió por fin llevar a cabo la sucia tarea. "El mono" estaba a su lado.
-Hágala corta jefe, le dijo su subalterno.
-Quédese tranquilo, se lo que hago, le había respondido Vélez.
Los chicos no entendían lo que estaba pasando ni porqué los habían bajado en ese sitio. Uno de ellos, el más alto, empezó a mirar nervioso hacia todos lados. Ese pibe se había dado cuenta que no se trataba de un simple paseo y algo susurró al compañero que estaba a su lado. "El mono", también se percató de este detalle y le dio un fuerte golpe en la cara con su metralleta. El chico cayó al suelo con la boca llena de sangre.
-¡Quietos pendejos de mierda, al que se mueva lo cago a tiros!, les gritó el "mono al
resto de los aterrados adolescentes.
Vélez, el joven oficial, sacó su pistola reglamentaria. La montó y dirigiéndose al grupo de chicos, les indicó que empiecen a caminar hacia la ruta próxima y sin darse vuelta. Pueden irse les dijo con voz segura. Los muchachos no parecían creerle y seguían allí, sin moverse y mirando llenos de miedo a los policías. Vélez aún recuerda los ojos azules, empapados de lágrimas de esa chica rubia que parecía estar ausente de todo lo que allí estaba sucediendo.
-Se escapan gritó el "mono" al tiempo que disparaba su metralleta.
Todos los policías también empezaron a tirar. El ruido era ensordecedor. Las cápsulas saltaban por todas partes. Los chicos caían gritando de dolor. Sus cuerpos al ser alcanzados por los disparos eran impulsados hacia adelante. Algunos se retorcían heridos y llenos de sangre en el suelo y el "mono", volvía a recargar su arma con total frialdad. Más ráfagas cortas que daban en los cuerpos malheridos. La chica rubia de ojos celestes con mirada perdida, aún estaba de pié. El "mono", miró a Vélez y con ironía le dijo:
-¡Es suya jefe. Desde allí no puede errarle!
Vélez le apuntó con su cuarenta y cinco. Apretó el gatillo una y otra vez hasta que quedó sin balas. No quería mirar. La chica había caído de espaldas y tenía cinco agujeros en su frágil cuerpo de muñeca. No había muerto aún, se escuchaba su débil respiración. "El mono", le acercó su metralleta cerca de la cabeza y disparó hasta destrozársela. Vélez recuerda la dantesca escena. También recuerda que no pudo aguantar y caminó hacia un árbol para vomitar. "El mono", se le acercó ofreciéndole una petaca con whisky. El suboficial estaba eufórico y sonreía.
-¡Tome un trago jefe. Hace bien! Y...No se caliente, ya se vá a acostumbrar, es como matar
perros rabiosos vió? Estos pendejos eran zurdos. Unos zurdos de mierda que ya no joderán a
nadie, le dijo el "mono".
A partir de aquello, vendrían incontables noches de fuego y muerte que cambiarían su vida hasta el presente. Todo lo había hecho por la patria. En cómplice silencio con sus hombres y obedeciendo el mandato de quienes desde las altas sombras, ordenaban el exterminio de
los que "andaban en algo" y también de los que nó. Años de locura que clavaron de por vida una pesada cruz en su alma atormentada. Durante todos esos años, nada podría acallar los gritos desgarradores de los que pasaban por la picana o el "submarino" o las súplicas de quienes eran suciamente fusilados sin un juicio previo.
Vélez no pudo contener las lágrimas que se mezclaron con el agua de la ducha.
Sale de la bañera. Busca una toalla grande y comienza a secarse con lentitud. Se mira en el espejo y observa sus ojos enrojecidos. Detrás suyo, aparece la imagen de aquella chica rubia de ojos muy celestes y mirada perdida que en este momento está de pié y parece sonreirle . Vélez no soporta esa visión que lo ha perseguido durante interminables noches. Cierra los ojos, los abre otra vez y la joven ya no está. Solo ha sido una confusión piensa. Esa chica está muerta. El vaso con whisky está apoyado en la jabonera , muy cerca, al alcance de su mano. Un trago le ayudará, está temblando. El agua de la ducha continúa saliendo. Hay vapor dentro del baño. Sus dedos intentan tomar el vaso y éste resbala estrellándose ruidosamente contra el piso.
El ex comisario se agacha con intención de recoger los restos de vidrio y depositarlos en el cesto de residuos. Accidentalmente, un pequeño trozo de cristal le produce un corte en la palma de su mano derecha. La sangre comienza a brotar por la herida. instintivamente pone la mano bajo la lluvia. Otra vez el chasquido y el líquido que cobra vida con la forma de un reptil cristalino. El líquido ingresa raudamente en la herida. Vélez experimenta la misma sensación de haber recibido un impacto de bala. Tiene unos segundos de confusión y luego un ardor insoportable que corre por su brazo como lava hirviente.
Vélez reacciona. Se dá cuenta que está perdido. No había pensado en el agua, el agua maldita que ya se metió dentro suyo y escarba furiosamente todo su cuerpo. Si no hace algo, pronto lo vaciará. Trata de cerrar el grifo de la ducha. Es inútil, ya no tiene el control de sus miembros. El líquido es quién ha invadido y revuelve todo su organismo con la intensidad de un volcán en erupción. Vélez grita. Ya no soporta. Y como en los otros casos, el dolor provoca un aullido desgarrador, casi inhumano. La herida que tiene en la palma de su mano se ha agrandado. Por ese agujero fluye rapidamente la carne de Vélez. El cuerpo del ex comisario se mueve cómo poseído. Su boca también es utilizada como salida de vísceras. Sus ojos estallan y salen disparados. Sus sesos salen por los orificios. Alejandra al escuchar el grito de su marido, trata de ingresar al cuarto de baño, pero Vélez ha cerrado la puerta por dentro. La mujer comienza a golpear la puerta con fuerza. Ya no se oyen los gritos del ex comisario. Solo se escucha el agua de la ducha.
El capitán Castillo y el doctor Marino han ingresado al departamento de Vélez. Estaban a punto de llamar para encontrarse con Vélez, cuando escucharon los desesperados gritos de su mujer. Sin dudar un segundo entran y encuentran a la mujer golpeando con sus puños la puerta del baño. Castillo no duda un solo instante. Le grita a la mujer que se aparte y embiste contra la puerta una y otra vez con intención de derribarla. En el tercer intento, la abertura cede. Grandes nubes de vapor salen del cuarto de baño. Cuando el vaho se disipa, ven el cuerpo deformado del ex comisario. Solo huesos y piel desparramados grotescamente sobre el piso. El agua ha dejado de salir. Atónitos ven como los últimos trozos de carne se meten en el grifo de la ducha dejando delgados colgajos de piel humana adheridos al regador y las hendijas. Alejandra se arroja angustiada sobre los despojos de su marido, el esqueleto envuelto, yace de bruces. La mujer se arrodilla junto a los restos, trata de levantar la cabeza de su marido y el cráneo desinflado se separa del cadáver y queda entre las manos de la horrorizada mujer. Con un grito histérico, lo suelta y la cabeza cae en la bañera.

miércoles, 23 de abril de 2008

ABISMOS AL PROPIO INFIERNO

-Mire Sierra, valoro su actitud, pero usted tiene mucho que perder. Piense en su familia; Su
mujer y sus chicos, lo necesitan. ¿ Porqué no intentamos salir juntos de aquí? Podemos pensar
en algo, no sé, quizás utilizando sogas para jugarnos y llegar hasta el negocio de Sonia. Entre los
dos, podemos ayudarnos.
-Nó señor Alfredo, jamás dejaría mi puesto de trabajo. No puedo defraudar la confianza que me
ha brindado el señor Pizarro. De alguna forma voy a resisitir. En algún momento el agua bajará
y seguramente alguien vendrá a rescatarme.
-Escúcheme Sierra, yo le debo la vida. Solo saldré de aquí si usted viene conmigo.
-No insista señor Alfredo, no insista. Venga, ayúdeme a buscar cuerdas o pedazos de tela para
armar un ramal de unos treinta metros. Con esa cantidad de soga, podemos evitar que lo
arrastre la corriente y usted pueda cruzar la calle.
Los dos hombres comenzaron a cortar las telas de las cortinas de las ventanas , tapizados
de sillones y todo lo que iban encontrando en el edificio. El vigilador se encargaba de anudar con fuerza los tramos. Alfredo veía con preocupación la tarea del vigilador, ¿Qué hacer? ¿Le confesaría a ese hombre la verdad? ¿Qué sucedería si él lograba escapar de allí con el bolso repleto de dinero y joyas?. Su plan consiste en cruzar hasta el departamento de Sonia y luego buscar la forma de salir de la ciudad , ocultarse por un tiempo en el interior y después de varios meses, irse a un país limítrofe. En el Paraguay, tenía muy buenos contactos que podrían ayudarlo a radicarse en Asunción o bien facilitarle una salida a otros lugares. En ese bolso, había suficiente dinero como para comprar impunidad e iniciar una nueva vida en cualquier lugar de América Latina.
Una nueva existencia junto a Sonia, lejos de tantos sinsabores, lugares y personas que en cierta forma habían minado las fuerzas y las ilusiones de ambos. Alfredo apostaba a un tramo de vida mejor. Estar juntos, felices y lo más lejos posible de un país que terminaría destruyéndolos por completo. Alfredo se había convertido en un ladrón. Jamás hubiera imaginado que las circunstancias lo transformaran en un delincuente. Tiene miedo de ser atrapado antes de poder salir del manto líquido que está ahogando a la ciudad y sus habitantes. Miedo a perder a Sonia y pasar unos cuantos años purgando por su delito en una cárcel. Y Sonia, ¿Qué estará haciendo? ¿Se habrá despertado? ¿Se sentirá bien? Sonia le preocupa sobremanera. La tormenta la aterroriza a tal punto que queda inmovilizada casi por completo. Sí, tenía que salir de allí lo más rápido posible y la idea del vigilador de armar un puente de cuerdas, jamás se le hubiese ocurrido a él.
-Mire señor Alfredo, ya tenemos más de cuarenta metros de soga. También voy a fabricarle un
salvavidas casero con la gomaespuma de los almohadones. Este material puede flotar con
facilidad y evitará que usted se hunda. Venga, ayúdeme a cortar las fundas de estos
almohadones.
Las compuertas de aluminio colocadas en la puerta de acceso del edificio, comienzan a agitarse. La potencia de las aguas las golpea incesantemente y esto indica, que ya el agua que transita a través de la calle sigue subiendo peligrosamente. Alfredo calcula que lo mejor será saltar desde la ventana del primer piso para evitar que la fuerza del líquido lo arroje hacia el interior del edificio, en caso de intentar abrir la puerta principal. El vigilador ajusta ahora en el cuerpo de Alfredo el improvisado chaleco salvavidas, que ha logrado asegurar con retazos de cuero. Alfredo le explica su idea de bajar a las aguas desde el piso superior. El vigilador, luego de pensar unos segundos aprueba la iniciativa. Con el bolso del dinero y las joyas a cuestas, Alfredo y el vigilador se dirigen hasta la planta alta. Un extremo de la soga es asegurada en el acero de las canillas instaladas en la pileta de la cocina. Luego, el vigilador comienza a cortar con una sierra los extremos de la reja de hierro que protege la ventana por la que intentará salir Alfredo. El tiempo transcurre lento, interminable. El vigilador sigue con su tarea. Alfredo fuma procurando calmar sus nervios. No puede dejar de pensar en Sonia. Mira con insistencia hacia la ventana del departamento de la mujer, pero no observa ninguna señal, nada, solo oscuridad en el interior de la vivienda. Esto le proporciona cierta calma, ya que sigue pensando que la mujer aún no se ha despertado.
Dejémos por un momento lo que está sucediendo en el edificio de la casa de cambio. El cielo se ha puesto muy oscuro ahora. La tormenta mantiene su intensidad y continúa lloviendo en forma sostenida. La ciudad ofrece un panorama lúgubre. Las pocas radios que siguen informando a la desesperada población que logra captar estas emisiones colmadas de interferencias tratan de atenuar las noticias más terribles y algunas emisoras dan cuenta de los intentos de algunas provincias por acercarse a la capital y brindar distintas formas de auxilio. En el gobierno no hay indicios de que se hayan puesto de acuerdo en las estrategias a seguir para llevar alivio a los miles de sitiados. Se teme que pronto aparezcan terribles epidemias y hay informes confidenciales que dan cuenta de extrañas mutilaciones descubiertas en cadáveres de algunas morgues en hospitales públicos. Sobre este punto, hay denuncias concretas del director de un centro de asistencia médica estatal que comprobó personalmente este horripilante hecho. Los servicios de inteligencia y el responsable de seguridad, han recibido un video casero, donde puede verse claramente el estado en que quedaron los cadáveres. Un helicóptero policial es enviado al hospital donde se encontraron los restos desintegrados a fin de trasladar al director médico ,el enfermero que hizo el macabro descubrimiento y a un miembro de la administración que tomó fotos y grabó el video con el fin de clarificar los hechos.
En tanto en la villa donde se encuentra la casa ocupada por "Peligro" y sus secuaces, hay preparativos para saquear más negocios en la noche que pronto cubrirá la ciudad que naufraga. El "zurdo" Chirripa se levanta de su cama. Le duele la cabeza y está malhumorado. Trinidad la chica de "Peligro", ha preparado dos termos con café. La radio a pilas ya no emite cumbias, ahora los tres escuchan las noticias. "Peligro" se muestra feliz. La confusión reinante los seguirá ayudando a robar sin problemas. Piensa que tiene casi diez horas para moverse con impunidad con sus lanchas. "El zurdo", escucha un motor que se aproxima. Es una embarcación que navega apoyado con un potente reflector en su proa. Instintivamente, "el Zurdo", toma la metralleta y le avisa a "Peligro" sobre la presencia de la lancha. "Peligro" empuña dos pistolas y permanece atento a un costado de la ventana.La lancha está a pocos metros. El motor se detiene y una voz se escucha desde la pequeña embarcación.
-¡Hey ,tranquilos muchachos, soy yó !
-Tranquilo "zurdo", es el loco Porreta, nos trajo una lancha más, dice "Peligro".
"Peligro" y Chirripa arrojan una soga y en minutos, la embarcación recién llegada
es amarrada al segundo piso de la vivienda usurpada. El "Zurdo", mientras culmina de realizar
esta maniobra, observa que a Porreta lo acompaña alguien más.
-¿Quien es este pasajero "Zurdo" ? pregunta Chirripa.
-¿Este? Este es el "muñeco" Marrero, no te acordás de él ? Este es el que boleteó a los dos
"polis" en Avellaneda. Estuvo "guardado" en Devoto, ¿te acordás? dice el "zurdo".
"Peligro" está sonriente. Estrecha las manos de los recién llegados y los invita con
café. Oyó hablar de Marrero y le parece un tipo justo para unirse al grupo. Marrero es bajito, muy flaco y tiene siempre los ojos abiertos. Marrero mira todo lo que hay alrededor , parece estar en .un alerta permanente. Camina dando saltos como un canguro. Esta actitud le causa gracia al jefe de la banda, quien también sabe que Marrero es un "pesado" con buena fama en el ambiente.
Porreta termina de comer un sándwich. La chica le llama mucho la atención y la observa constantemente. Trinidad es la encargada de servir café a los nuevos miembros e interiormente, le gusta provocar a Porreta. "El loco" Porreta es fornido, tiene el pelo teñido de amarillo y se caracteriza por ser un tipo de pocas palabras. Ha cumplido veintiocho años y conoce varias cárceles. Es hábil y peligroso en el manejo del cuchillo y fue compañero de "Peligro" durante una temporada en la cárcel de Olmos, donde "rancheaban" juntos. "Peligro" está frente a una de las ventanas. La lluvia ha cobrado mayor intensidad y las lanchas se mueven con fuerza empujadas por las aguas embravecidas y malolientes. Piensa que este será un nuevo paseo sin demasiadas complicaciones . Contar con el apoyo de estos dos nuevos integrantes, lo hace sentir más fuerte. Para esta noche su idea es salir a buscar plata en efectivo. Tiene el dato que hay una joyería en un barrio cercano y qué el dueño vive en la planta alta. Por información que ha recibido de una mujer que trabajó para la familia del joyero, es posible que el tipo guarde una importante cantidad de oro y dinero en su vivienda. La desconfianza en el sistema bancario, ha favorecido en gran parte a los que viven del robo, ya que son pocos los comerciantes y empresarios de todo tipo que prefieren tener sus bienes en la casa, antes que se los expropie compulsivamente algún banco.
Las radios informan sobre motines simultáneos en varias comisarías y cárceles de la capital y gran Buenos Aires. El temporal y el apagón, son aprovechados por los internos para provocar disturbios. Se habla de guardiacárceles tomados de rehenes y también sobre asesinatos de presos causados por rencillas entre la misma población carcelaria. La muerte sigue navegando sobre las aguas turbulentas que amenazan con sepultar la ciudad. En este momento, se oyen más motores de helicópteros que sobrevuelan la capital y alrededores tratando de continuar con sus misiones de rescate a pesar del mal tiempo. La velocidad del viento es sostenida y el cielo totalmente cubierto parece reaccionar por momentos con los fuertes truenos y relámpagos que estallan sistemáticamente. La ira climática parece concentrarse en el riachuelo. Allí en ese caudal que ha crecido notablemente la potencia líquida bulle como un maremoto. Los barrios aledaños al río están totalmente inundados y destruídos. La Boca, Quilmes, Avellaneda, La Matanza y otros son los más castigados por esta furia de agua y viento que no dá tregua a la población sitiada.
En tanto, en el edificio, el comisario Vélez, ha terminado de contarle a su esposa Alejandra, todo lo que sabe sobre los macabros episodios ocurridos en las últimas horas en el interior de la torre. La mujer está conmovida, siente escalofríos. Tiene miedo. El comisario, ha vuelto a beber y durante el relato lo vió angustiado. Se hizo un prolongado silencio y Vélez, incorporándose con lentitud, se acerca a ella y dándole un beso, le dice: Gracias, Gracias por escucharme.
Alejandra le sonrié.
-Voy a darme una ducha, le dice Vélez. A lo mejor se me pasa el cansancio.
-Porqué no te acostás un rato, le aconseja Alejandra.
-No puedo, tengo que reunirme en unos minutos con Marino y el capitán, le responde Vélez
mientras se dirige al cuarto de baño.
El ex policía se quita la ropa con nerviosismo. Ya está desnudo. Se mira en el espejo y nota que le ha crecido la barba. Odia estar con barba, pero no tiene tiempo ni ganas de afeitarse. Tiene más de medio whisky en su vaso. Abre la ducha y el vapor le produce cierta calma y placer. Ahora regula la temperatura del agua y se ubica bajo la lluvia.
Alejandra ha quedado pensativa en el living del departamento. Ha vivido muchos años junto a este hombre serio, de palabras medidas y que a lo largo de su carrera en la policía, dio pruebas de ser un profesional intachable. Recuerda que en los años setenta, la pareja estuvo a punto de deteriorarse. En esos tiempos de terror y desaparecidos, Vélez era un oficial que tuvo gran participación en la llamada guerra contra la subversión, pero muy poco sabe sobre el rol que
su marido cumplía en la fuerza.

martes, 22 de abril de 2008

POR AMOR

-Bueno, mi querido Alfredo, ambos sabemos perfectamente que mi empresa no es un banco.
Usted mismo ha estado al frente de transacciones de dinero en negro que nuestros clientes nos
confiaban a cambio de atractivos intereses, pero los tiempos han cambiado Alfredo, esta
Argentina no es la misma de aquellas épocas y ahora el negocio del cambio y el turismo
internacional no funcionan como antes. Estamos sobreviviendo con miserias Alfredo, razone,
despierte. Este es un nuevo país, se acabó la fiesta y cien mil dólares es mucho dinero. Además,
usted jamás podría pagar esa suma con cuotas que saldrían de su sueldo como gerente.
¡Piense bién lo que vá a hacer, hombre! Lo mejor que puedo hacer por usted es sacarlo
de este lío y ayudarlo a cuidar lo que tiene; Su departamento, y por sobre todas las cosas, su
empleo en mi empresa.
Reiner odió a Pizarro. Suponía que después de aquella conversación inútil, Pizarro lo vería como a un imbécil, un idiota que perdido por el amor a una mujer quedaría en la ruina. Encendió otro cigarrillo. El vigilador se había dormido por completo utilizando un sillón y una silla donde se había estirado como mejor pudo. Las pastillas para dormir que le había sacado a Sonia de su maletín habían dado resultado. Su plan estaba dando resultado. Ni bien llegó a la casa de cambio, las pastillas que se había encargado de convertir prolijamente en polvo, las volcó en considerable cantidad en el termo de café del vigilador. Calculaba que el hombre dormiría profundamente durante varias horas y esto le facilitaría llevar a cabo su idea de bajar al subsuelo y vaciar la mayor cantidad de cajas de seguridad posibles. Contaba con herramientas que había ocultado en el placard con llave que tiene en su oficina, dentro de la empresa y calcula que el temporal y el caos reinante serán sus mejores aliados. La idea de robar las cajas, había ingresado en su mente cuando Pizarro le soltó la mano, negándole diplomáticamente una mínima ayuda. Calculaba que en el subsuelo se encontraban varios cientos de miles de dólares, euros y joyas de todo tipo de incalculable valor. En su memoria estaban minuciosamente registrados los apellidos y números pertenecientes a las cajas de clientes muy importes y este banco de datos, le permitirá obrar con mayor precisión. El vigilador seguía durmiendo profundamente. Reiner miró una vez más por la ventana. La calle que lo separaba del negocio de Sonia estaba transformada en un río atronador. Las aguas seguían subiendo y arrastrando todo lo que encontraban en su enloquecido tránsito. La luz que el generador de la casa de cambio, comenzaba a debilitarse. Reiner no conocía muy bien como funcionaba este equipo de emergencia que no era precisamente de última generación. Debía apurarse, abrir la mayor cantidad de cajas posibles e ingeniárselas para salir rápidamente del lugar. Sonia no conoce su plan. Alfredo está seguro que la mujer no lo creería capaz de robar. Posiblemente ella lo siga viendo como a un hombre frágil que no ha vivido emociones ni experiencias, un hombre que la deseó en silencio durante años, sin atreverse jamás a revelarle sus sentimientos y ahora, resignada por el paso de los años y una situación lindante a la pobreza, permanece a su lado como aferrada a una única tabla de salvación. ¿Quien repararía hoy en esta Sonia venida a menos? Sí, la Sonia vencida o castigada por su soberbia y vida licenciosa, quizás se esté "purificando". Esta nueva Sonia se ha convertido a partir del sufrimiento en una mejor persona y Alfredo está seguro que Dios o el destino, le entregaron a esa mujer que tanto ama en el momento justo. Comienza a descender por la escalera que conduce al subsuelo. Con sus llaves abre la reja que facilita el acceso al sector de las cajas de seguridad.
Las cámaras de video instaladas en el lugar no funcionan. Las alarmas están inactivas desde el comienzo del temporal. Alfredo sabe que la ciudad está incomunicada totalmente y que todos los sistemas están colapsados. Había esperado ansiosamente una tormenta de esta magnitud para robarle a Pizarro. El agua del subsuelo le llega a la altura de las rodillas. El olor a humedad y aguas putrefactas es difícil de soportar. Chapotea hacia uno de los pasillos y ayudado por una linterna, comienza a buscar las cajas importantes. Con un alicate especial para romper metales sólidos, una maza y un cortafierros, vá abriendo sin dificultad las primeras cajas. dólares, euros, cadenas y brazaletes de oro, anillos, relojes, todo lo que va encontrando, lo introduce en bolsas de nailon reforzado que acomoda prolijamente en un bolso de gran tamaño. En el recinto solo se escucha el “clack” del alicate o los golpes furiosos de la maza destruyendo las cerraduras. Alfredo transpira copiosamente. Piensa nuevamente en Sonia. Estos chispazos en su mente surgen a cada instante. Recuerda el momento en que vendió su departamento, el único bien material que le pertenecía y compartió durante la mayor parte de su vida con su madre. La cantidad de dinero que había recibido de la inmobiliaria que hizo la gestión de venta era considerable, pero solo sirvió para aliviar en parte la cuantiosa deuda que Sonia mantiene con los bancos. Lo más grave, son las denuncias penales que le iniciaron a su pareja los propietarios de obras de arte. Casi todas las noches, dos ideas fijas venían a su cabeza; Matar a Gastón Hidalgo y robarle al miserable de Pizarro. Calcula que ya hay una buena cantidad de dinero y joyas en el bolso. Está cansado. No le resulta fácil romper esas malditas cajas una por una. Se detiene unos instantes para tomar aliento y seguir su tarea. El aire en el subsuelo es escaso y las aguas malolientes dificultan la respiración de Alfredo. Los brazos le pesan como si fueran de plomo. Demasiado esfuerzo para alguien que no está acostumbrado a “trabajos” de esta naturaleza.
Mientras se seca el sudor de su rostro y bebe el contenido de una lata de gaseosa, piensa en los últimos acontecimientos en el departamento junto a Sonia. Los dos permanecían junto a la ventana que da a la calle mirando con asombro lo que estaba generando la lluvia. Las luces se habían cortado. Por fortuna contaban con lámparas a baterías y podían moverse en medio de la penumbra. Sonia intentaba escuchar las noticias en la radio. Alfredo pensaba en que había llegado el momento de concretar su plan. Sonia se abrazaba a él cada vez que caía un rayo o estallaba un trueno demasiado potente. La veía temblar de miedo. La mujer le tenía pánico a las tormentas y esto era mucho más que eso. Alfredo le sugiere tomar una de las pastillas tranquilizantes que le recetó su médico. Le alcanza un vaso con agua y Sonia, luego de ingerir el medicamento, se recuesta en un sillón lejos de la ventana que da al exterior. Sin que Sonia se percate de su acción, Alfredo toma varias pastillas tranquilizantes, las lleva a la cocina y con un pequeño mortero, las convierte en polvo y lo vierte en un frasco de plástico.
Luego, se dirige a la habitación principal y en un bolso grande, vá colocando cuatro pares de medias de lana, un pantalón, dos sueters, una caja con herramientas y una linterna, cierra el bolso , se coloca un saco de abrigo con capucha de lluvia y camina hacia el sillón donde Sonia parece estar dormitando. La sacude suavemente y ella abre sus ojos sobresaltada. Alfredo, le dice;
- Tranquila mi amor, tengo que cruzar hasta la oficina unos minutos, Pizarro me pidió que
vaya a ver como están las cosas y de paso preguntarle al vigilador si le hace falta algo.
- Mi amor...¡No podés cruzar la calle con este temporal, es una locura!.
- Todo está bajo control querida, son unos pocos metros. No tardaré mucho, cualquier cosa estoy
enfrente, le dice con una sonrisa.
El tranquilizante que había tomado Sonia estaba haciendo efecto. La mujer apenas podía hablar con cierta normalidad, aunque intentaba convencer a Alfredo de quedarse con ella. Alfredo la acarició dulcemente y la besó en la boca. Sonia finalmente cerró los ojos, murmuró algo y se durmió. Alfredo se ocupó de cubrirla con una manta y apoyar su cabeza sobre un almohadón. Hecho esto, se dirigió a la puerta de acceso al departamento, la cerró con llave, bajó por la escalera hasta la planta baja donde funciona el negocio de Sonia. Una importante cantidad de agua ha ingresado al local que tiene ahora todo el aspecto de una piscina maloliente. resuelto a cruzar el tramo de calle que lo separa de la casa de cambio, Alfredo abre resueltamente la puerta que da a la calle y se encuentra con un violento río que pasa veloz arrasando a su paso con objetos de todo tipo, incluso vehículos que van a la deriva incrustándose contra otros en la misma situación.
El escenario es verdaderamente escalofriante, pero Alfredo lejos de amilanarse, se lanza decidido a cruzar la calle. La corriente es fuerte y en más de una oportunidad cae a las aguas empujado por la furia líquida. Se aferra a su bolso y sigue empecinado en su intento. La oscuridad, los relámpagos y los sonidos estremecedores de los truenos aportan a su desafío un clima de tensión. Ya está en la mitad de la calle. Hay oleadas que golpean su cuerpo haciéndolo trastabillar. Sus piernas parecen de plomo. Finalmente llega hasta la vereda donde está el edificio de la casa de cambio. Lo ha logrado. Sube los tres escalones que derivan en la gran puerta de metal de la empresa. Busca las llaves que le permitirán ingresar al sitio y poner en práctica su plan. Un fuerte crujido, lo devuelve a la realidad. Una de las compuertas instaladas por el vigilador en un conducto de aire con salida al exterior, es arrancada por la fuerza del líquido. Al ceder este improvisado dique, el agua entra a raudales en el subsuelo. Alfredo se desespera, en segundos la masa acuática proveniente de la calle, invade la bóveda y lo levanta hacia el techo. En un esfuerzo sobrehumano, se aferra al bolso que contiene el botin y con la mano libre bracea hasta una saliente de la pared , tratando de no ahogarse. Desde ese punto donde permanece asegurado, calcula que hay al menos un metro y medio de agua cubriendo el sector. La escalera está a unos seis metros de distancia y debe llegar a ella sea como sea para evitar una muerte segura. Sin soltar el pesado bolso y pegado a las paredes, valiéndose de sus piernas y el brazo derecho que tiene libre, se mueve hacia la salida que conduce al primer piso.
Ya sin la barrera de contención, el agua entraba con fuerza por las desprotegidas entradas de aire. Alfredo estaba muy cerca de la escalera. La presión liquida lo elevaba hacia el techo y esto de alguna manera, lo ayudaba a avanzar. Sorpresivamente una luz de linterna da de lleno en su rostro y lo enceguece unos segundos. La voz del vigilador resuena en hueco de la escalera salvadora.
-¡Señor Alfredo, aguante, ya lo saco!.
Alfredo no podía entender cómo el vigilador estaba allí. ¿Porqué se había despertado tan pronto? Pensó que la cantidad de polvo de pastillas para dormir que había volcado en el termo de café no habían sido suficientes. El vigilador bajó los escalones y con el agua a la altura del pecho, le extiende los brazos a Alfredo que apenas resiste aferrado con una sola mano a la barandilla. El vigilador procede con eficiencia y rapidez tomándolo de los hombros y llevándolo hacia el primer piso. Alfredo estaba sin aliento. Respiraba con dificultad y escupía agua sucia. El vigilador observó por primera vez el bolso de gran tamaño que Alfredo no había soltado en ningún momento. Alfredo intentaba recobrar la respiración y el vigilador lo ayudaba a incorporarse para conducirlo hasta el comedor del personal, donde sintió el calor de la cocina totalmente encendida.
-Por suerte aún tenemos gas. Venga señor Alfredo, acérquese , quítese esa ropa mojada y cúbrase con esta frazada. El horno está al máximo, todavía no me explico porqué cometió la locura de bajar solo al subsuelo. ¿Porqué no me despertó? Que infeliz, nunca me pasó esto de quedarme tan dormido....
-El cansancio Sierra, seguramente el cansancio. Usted dormía tan profundamente que decidí
bajar solo.
-Jefe; ¿ no sería mejor sacar los documentos del bolso?. Mire, está chorreando agua y se le van a
estropear todos los papeles.
Dicho esto, el vigilador le alcanza otro mate, se incorpora y se dirige hacia el bolso completamente mojado. Alfredo ve que el revólver del vigilador está apoyado en un extremo de la heladera. Es un arma calibre treinta y ocho. Por segundos piensa en tomarlo y disparar contra el único testigo de su robo. Otro relámpago potente ilumina el sitio. El vigilador parece preocupado.
-Creo que esto no va a parar señor Alfredo. Jamás se ha visto un desastre de esta magnitud,
también pienso que pasarán muchos días hasta que todo se organice.
-Yo también creo lo mismo. Estamos en una trampa y sin manera de comunicarnos, lo mejor
sería irnos de este edificio antes que sea demasiado tarde.
-¿Porque no intenta salir usted señor Alfredo?, su casa está allí enfrente. Hágalo antes que el
agua continúe subiendo.
Alfredo no podía creer lo que ese buen hombre que hacía casi una hora le había salvado la vida cuando estaba a punto de morir ahogado en el subsuelo, le estuviera sugiriendo una nueva manera de escapar del naufragio. Sabía que ese hombre que custodiaba todas las noches la empresa de Pizarro era una buena persona que percibía un sueldo miserable por su trabajo de riesgo. Se sentía identificado con el vigilador, a quien en cierta forma envidiaba por su coraje de pelearle a la vida con muy pocos recursos y sostener a su esposa y tres hijos. Recordaba que el mayor orgullo del vigilador era su familia. Todo su esfuerzo estaba dedicado a ella y ahora, este hombre joven, morocho y valiente, de alguna manera estaba resuelto a sacrificarse y quedarse solo en su puesto de guardia quien sabe Dios hasta cuando.

lunes, 21 de abril de 2008

LA TORRE EN GUARDIA

Lo que ocurrió con los cadáveres que vimos no fue hecho por seres humanos. Me temo que hay algo peligroso en el agua que sale por las cañerías, una especie de enemigo invisible que nos acecha, ataca cuando quiere, mata, mutila y se lleva las vísceras de sus víctimas. Tenemos que tomar una medida al respecto, dice Vélez.
-Mire comisario, hace varios años que somos vecinos. Yo lo respeto mucho como persona, y
aunque no seamos amigos, ambos hemos tenido una formación similar en las fuerzas donde
crecimos. A usted en policía le ha tocado actuar en situaciones de riesgo y al igual que
yó también ha estado muy cerca de la muerte, pero esto no lo podemos manejar nosotros, dice
Castillo.
-Lo entiendo perfectamente capitán, pero coincido con el doctor Marino que por los caños
empotrados en estas paredes se mueve un enemigo líquido. ¿Que puede llegar a ocurrir si el
agua ataca en cualquier momento y en simultáneo? pregunta el comisario.
-¡Dios!, exclama el capitán, en este estado de cosas no podemos perder tiempo, tenemos que
sacar a toda la gente del edificio y poner sobre aviso a los responsables del gobierno. ¿porqué no
preparar una evacuación sin pánico? dice el capitán.
Núñez lo mira pensativo y piensa:¿ es posible que efectivamente el agua o lo que sea haya succionado las visceras y los órganos de esos cuerpos? La inquietud de Vélez es seria. Ha escuchado a este hombre con atención en sus últimas palabras. Evacuar va a ser una medida lógica pero; ¿cómo? La ciudad entera está dominada por el caos y la anarquía. No hay medios ni organismos preparados para una emergencia de tamaña magnitud. Tampoco lo ha estado antes. Las inundaciones son una constante en la argentina y nada se ha resuelto durante años ¿porqué tendría que ocurrir un milagro ahora? El capitán recuerda cuando en el ochenta y dos las fuerzas armadas perdieron la guerra de Malvinas. El estaba allí y mientras viva, la imagen del día de la rendición lo acompañará hasta el final de su vida, también la visión de los cuerpos de sus hombres muertos en el monte. Los estampidos de uno y otro bando, el olor a pólvora, los fusiles y ametralladoras al rojo vivo que disparaban sin cesar. Los gritos de rabia y los gemidos de los heridos que se revolcaban en el suelo helado o en sus húmedos "pozos de zorro". Castillo estuvo al frente hasta que un proyectil de mortero enemigo estalló cerca de su posición y lo dejó gravemente herido. Cuando volvió en sí, médicos ingleses le estaban haciendo las primeras curas. Estaba aturdido y un dolor insoportable en la espalda le impedía efectuar el más mínimo movimiento. Tampoco sentía las piernas y tenía frío, mucho frío. Lo embargaba en ese momento toda la sensación de estar
muriendo y así lo deseaba. Quería quedar junto a sus caídos, pero el destino hizo que sobreviviera. Después, la internación en un buque hospital británico donde fue asistido con profesionalismo y mucho respeto. Respeto que no obtuvieron él ni todos los que regresaron de la guerra por parte de su propio país.
El dolor y las secuelas de sus heridas nunca alcanzaron a ser tan fuertes como la indiferencia de una nación que le dio la espalda a los excombatientes que ingresaron de noche y por la "puerta trasera". Han pasado más de veinte años de aquella pesadilla y nada se ha hecho por cambiar la historia de una nación que tampoco hizo nada por sí misma. A veces Castillo tiene la sensación que treinta y cinco millones de argentinos también se rindieron en Malvinas ante un poderoso enemigo llamado corrupción, mentiras y abatimiento. Una raza de políticos sin preparación para la dirigencia ocuparon el gobierno , el senado, la cámara de diputados y todo aquello que les diera ventajas personales. Hoy, la mediocridad y la ineficiencia, han puesto de rodillas a un país sin rumbo. ¿Cómo pretender entonces que alguien haga algo ante esta amenaza líquida?
-¿Otro mate capitán ? tenga cuidado que está medio caliente, dice Vélez.
-Bueno, tomo el último, contesta Castillo a su circunstancial anfitrión.
-Sabe una cosa capitán, creo que si le decimos la verdad de lo que aquí sucede todos van a
pensar que estamos locos, comenta Vélez.
-Es posible, pero tenemos que correr ese riesgo, le responde el capitán al tiempo que se levanta
de la silla en actitud de irse.
-Vamos a salir de ésta. Le dice el ex comisario con ademán de acompañarlo hasta la puerta del
departamento.
Ya en el pasillo, el capitán le agradece a Vélez por su invitación y acuerdan en encontrarse con el doctor Marino en media hora.
El ex comisario cierra la puerta y revisa nuevamente el listado de personas que están en el edificio. Anota que le pedirá al doctor Marino un informe sobre el actual estado síquico y físico de todos los moradores que permanecen en la torre. También piensa que hay que manejar todo esto con suma cautela a los efectos de no generar una sicósis colectiva, ya que en caso de llevarse a cabo una evacuación, la tarea se complicaría extremo si la gente entra en pánico.
-¿Que es en verdad lo que está pasando aquí viejo? Decímelo por favor, pregunta la mujer
de Vélez a su esposo.
- Mirá Alejandra, es algo muy raro y terrible a la vez y si te lo cuento, es muy posible que
no me creas, le responde Vélez.
Las radios en actividad siguen dando cuenta de los números de víctimas fatales que aumentan
minuto a minuto. Hay miles de nuevos desaparecidos y los servicios esenciales siguen sin funcionar. Los países limítrofes han prometido ayuda inmediata para las víctimas de la catástrofe. Las aguas siguen estancadas y continúa la intensa lluvia. Dos lanchas pesqueras y un remolcador que estaban anclados en el riachuelo, rompieron sus amarras y la fuerza de las aguas los levantó varios metros impulsándolos con fuerza hacia los edificios de Puerto Madero. Una de estas embarcaciones, al no encontrar obstáculos en su camino, ingresó limpiamente por Huergo y encalló a pocos metros del legendario del Luna Park. Las lanchas de prefectura y marina afectadas junto a policía y bomberos trabajan sin tregua. Hay casas y edificios derrumbados y una gran sucesión de escapes de gas. Los subterráneos permanecen inundados y se torna muy difícil, casi imposible realizar una evacuación masiva de la ciudad. El gobierno ha formado una junta de emergencia que agrupa a todas las fuerzas sin excepción y se trabaja en una estrategia que permita brindar ayuda inmediata a los más afectados por la gran catástrofe. Los barrios periféricos son quienes más sufren esta furia de la naturaleza. El servicio meteorológico no tiene ningún pronóstico sobre lo que pueda acontecer con este fenómeno. los días oscuros y lluviosos continúan transcurriendo, esto alarma aún más a la población desesperada, ya que muy pronto la creciente cubrirá por completo a las casas bajas con consecuencias mucho más terribles que las actuales.
En la torre, Ana sigue escuchando azorada el relato de su esposo, el doctor Diego Marino. Conoce muy bien a ese hombre y lo sabe un profesional responsable. No duda en ningún momento de todo lo que le ha contado y más allá del asombro que le ha causado lo que escuchó, está dispuesta a creerle y apoyarlo incondicionalmente.
-¿Y qué pensás hacer? Diego pregunta la mujer.
-Hay que buscar ayuda afuera y dar a conocer a la gente lo que está ocurriendo antes que sea
demasiado tarde, responde el médico.
En el edificio de la casa de cambio, donde se encuentran Alfredo Reiner y el vigilador Jorge Sierra, impera ahora el silencio. Los dos hombres están agotados. Durante todas estas horas de diluvio incesante, se abocaron a tapar las aberturas tratando de detener el ingreso de agua al subsuelo, concretamente a la bóveda donde están las cajas de seguridad. Tienen suficiente cantidad de bebidas en una expendedor automático repleto de latas pertenecientes a una conocida marca de gaseosas. El vigilador guarda cuatro sandwiches en su bolso y dos de ellos, los ha compartido con Reiner. Tanto Reiner como el vigilador han intentado comunicarse infructuosamente hacia el exterior utilizando sus respectivos teléfonos celulares. Ambos permanecen callados, cada uno de ellos inmerso en sus respectivos pensamientos. El vigilador teme por la seguridad de su familia, que ha quedado en su departamento del barrio de Flores. Piensa que no tendría que haber venido a trabajar y dejarlos solos. Ni bien comenzó la extraña lluvia, su esposa Beatriz, le había pedido que no salga de la vivienda, porque tenía miedo que algo malo pudiera pasarle. La idea de salir del edificio rondaba por su mente desde que había llegado a ocupar su guardia nocturna en la casa de cambio. Piensa que aún puede estar a tiempo de irse de allí y regresar a su casa sea como sea.
La presencia de su jefe junto a él en este trance, le proporciona una cierta dosis de seguridad. También sabe que Alfredo Reiner, su acompañante vive enfrente, a pocos metros de allí y que en caso extremo, poco les costaría llegar hasta el comercio de la señora Sonia Steffeld. Alfredo Reiner fuma excesivamente y puede percibirse su nerviosismo. El también considera que debe salir de allí y estar junto a su mujer. Cree que lo que hizo fue una verdadera estupidez y que llegarse hasta la casa de cambio para intentar proteger los intereses de Pizarro fue una pésima iniciativa. Pizarro, el empresario próspero y exitoso a quien él había consagrado los mejores años de su vida, no merecía el mínimo sacrificio. En varias oportunidades Pizarro lo había decepcionado con su característica frialdad y respuestas mezquinas. Comenzaba ahora a recordar el momento en que le solicitó hablar a solas en una actitud casi desesperada para exponerle el problema por el que estaba pasando junto a Sonia Scheffeld y pedirle una solución.
José Maria Pizarro tiene actualmente sesenta y siete años. Nació en España y sus padres inmigraron a la argentina, cuando él apenas tenía cinco. Ni bien terminó la escuela primaria, tuvo que salir a ganarse la vida de diferentes formas. Fue lustrador de zapatos en la Avenida de Mayo, vendedor de diarios y durante diez años, trabajó como ayudante de cocina y mozo en un restaurante de la Avenida Corrientes. Allí fue donde comenzó a vincularse con comerciantes y empresarios a los que Pizarro conquistó con su simpatía natural. Con solo veintitrés años, un financista Catalán, lo llevó a trabajar a su agencia de viajes y turismo, donde en poco tiempo Pizarro se iba convirtiendo en la mano derecha del dueño de la empresa. Allí aprendió los secretos del negocio del turismo y el cambio de moneda extranjera. Su capacidad de ahorro, le permitieron años después, instalar su propia empresa y llevarse consigo a los muchos clientes que había conocido cuando era empleado. Audaz e intuitivo, Pizarro logró advertir los ciclos económicos de Argentina y en cada crisis lograba siempre salir ganando y multiplicaba así su fortuna.
Ahora Alfredo Reiner tiene presente el momento de su encuentro en la amplia y lujosa oficina de Pizarro. Ambos habían bebido café con crema. Pizarro se recostó en su sillón de cuero y se dispuso a escucharlo. Alfredo había armado un libreto que no lograba memorizar. Improvisó como pudo y durante unos diez interminables minutos, le expuso a su patrón lo que le estaba ocurriendo. Después de oirlo, Pizarro se puso tenso. Cruzó sus manos con firmeza y apoyó los brazos sobre el escritorio, mirando fijamente a Reiner le dijo:
- Mire Alfredo, lamento en verdad, lo que le está sucediendo a la señora Steffeld, pero
lamentablemente esta mujer no ha manejado bien sus finanzas y en este bendito país, hay
mucha gente en su misma situación y por lo que usted me cuenta no le será nada fácil salir de
su problema. Dígame con sinceridad, Alfredo, ¿hasta que punto se encuentra usted
comprometido con lo que le pasa a esta buena dama?
- La señora Steffeld y yo, vivimos juntos señor Pizarro.
- Lo sé mi querido Alfredo. Lo sé, todos aquí saben que ustedes son pareja. Pero lo que yo le
pregunto está relacionado con compromisos económicos.
- Bueno...Como le he contado, la señora Steffeld está a punto de perder su local y posiblemente
el departamento del primer piso.
- Sí, Alfredo, usted me ha confirmado que el banco ha embargado esos bienes que tienen un
considerable valor. Y ...Dígame; ¿ que cree usted que hará la señora Steffeld para evitar que
esas valiosas propiedades vayan a remate ?
- Yo pensé en un préstamo. Poseo el departamento en el que vivíamos con mi madre. Es una
buena propiedad y todos los impuestos están al día. Yo...Quería poner ese departamento en
hipoteca aquí, en su empresa, siempre y cuando usted no tenga inconveniente.
- ¡Hay, que menudo asunto tiene usted sobre sus espaldas mi buen Alfredo! De ninguna manera
yo pondría en riesgo el único bien que posee mi mejor empleado. No quisiera que por una
cuestión sentimental usted lo pierda todo. Supongamos que yo le dé un préstamo por el valor
aproximado de su departamento. Digamos unos cien mil dólares, verdad?
- Y...Sí, esa sería la suma necesaria, señor Pizarro.

EL NAVEGAR DE LA MUERTE

La doctora, abre sus grandes ojos celestes, y ante ella y el resto de los sitiados, desde las aguas oscuras, surge una lancha de importantes dimensiones. Lo primero que vé en la proa de la embarcación es al personal de Prefectura Naval vestidos con trajes de lluvia. Los tripulantes están haciendo ahora las maniobras de amarre. Y aunque se ha levantado un viento de intensidad considerable, la lancha queda asegurada en el costado del edificio. Un oficial muy jóven ha ingresado al lugar y de inmediato es recibido y saludado efusivamente por la gente que ha seguido con atención el arribo y atraque de la nave salvadora. El oficial que ingresó primero al hospital de campaña, se presenta como Rubén Benítez y es invitado por el padre Marinello a beber un café caliente. En tanto, el resto de la tripulación de Prefectura, con ayuda de médicos, enfermeras y refugiados, se abocan a la tarea de descargar varias cajas que traían en la lancha.
El oficial Benítez, luego de beber el café acompañado por el padre Marinello y la doctora Elena, solicita recorrer las húmedas y frías instalaciones del centro sanitario. Al cabo de unos minutos, el joven marino, se dirige hacia el sitio donde han sido depositadas las cajas. El cura sonríe y dirigiéndose a la doctora Elena le dice:
-Mire doctora, nos trajeron medicinas y alimentos.
-¿Entonces el helicóptero era de ustedes? pregunta la doctora al oficial.
-Sí doctora, por suerte el personal los vió y nos dio la posición del hospital, aunque nosotros ya
teníamos información sobre la existencia de refugiados en este edificio, responde el
oficial amablemente.
-¿Y cuando van a evacuar a los heridos? inquiere la doctora Elena.
-Vea doctora, por ahora no contamos con los medios necesarios para sacar en forma rápida
a toda la gente que hay aquí. Solo podemos hacer traslados limitados porque lamentablemente
no contamos con suficientes embarcaciones para tantos salvatajes.
El padre Marinello mira fijamente a los ojos del oficial. Hace una pausa y señalando el sector le
dice;
-Oficial, usted ha visto como está toda esta gente. ¿ Cree que podrán soportar mucho
tiempo en esta situación?
-Padre, es mi deber decirle la verdad, realmente estamos desbordados y hacemos lo que
podemos en medio de una anarquía total. Todo se ha salido de cauce y los integrantes de las
distintas fuerzas hemos decidido unirnos en esta emergencia utilizando los escasos medios que
disponemos.
- ¿Que cree que está pasando con el gobierno nacional, hay algún plán ?
-Desde el 29 de Junio, no solo han colapsado los sistemas de comunicación, padre. Todos los
edificios gubernamentales fueron evacuados y no hay hasta el momento informe alguno sobre
la reorganización de ministros o el propio gabinete presidencial. Creo que la situación nos ha
superado a todos sin excepción.
-Sí, evidentemente no estábamos ni estámos preparados para afrontar tamaño desastre,
responde el padre Marinello con preocupación.
La doctora Elena escucha este diálogo en silencio. Piensa que en este momento, lo más
importante será sacar de allí a los pacientes que necesitan con urgencia cuidados y tratamientos
especiales. El oficial Benítez, mira su reloj. Afuera, las aguas comienzan a agitarse y la lluvia se
intensifica. Benítez tiene barba de varios días y su rostro muestra las señales de muchas
jornadas sin descanso. Ahora, dirigiéndose al padre y a la doctora les dice:
-Lo primero que haremos, antes que arrecie el temporal y se nos compllique la navegación,
será proceder a la evacuación de los enfermos más graves. Cuanto más rápido lo hagamos, será
mejor para todos.
Las radios informan sobre más actos de vandalismo y recomiendan a la población que no se muevan de sus hogares. Desde el gobierno comienzan a escucharse mensajes grabados por el propio ministro de seguridad que no suenan convincentes ni aportan calma o soluciones a la emergencia, solo se oyen nuevas promesas e improvisación. Con cuidado, unas quince personas, las más afectadas del hospital son embarcadas en la lancha de prefectura. Un médico muy joven es designado por la doctora Elena y su colega Beguet para acompañar a los heridos que serán transportados hacia un reconocido hospital. El elegido es el doctor Marcelo Oliver.
Se sabe que hay miles de heridos colmando la capacidad de los hospitales y sanatorios puestos a disposición de la catástrofe. También escasean los medicamentos y los sistemas de comunicación por telefonía celular siguen silenciados, sin miras de solución.
Hace pocos minutos que los ayudantes del capitán Castillo han encontrado los restos del abogado Mora y también los de dos hombres desconocidos. Esto ocurrió cuando los sobrevivientes del edificio extrañados ante la ausencia de Mora , ingresaron a su piso y allí descubrieron los tres cuerpos. El doctor Marino comprueba el estado de los cadáveres que al igual que los restos de Ramón, el encargado, su esposa Rosa y Deborah, carecen de sus órganos internos. Solo huesos y un envoltorio de piel humana que aún permanece húmeda y resquebrajada. Castillo y el resto de los hombres que están en el departamento se sienten desconcertados. Y más aún cuando observan armas, cápsulas servidas e impactos de bala en los tres cuerpos. El comisario Vélez recorre cada uno de los rincones del lugar de los hechos. De pronto, hay algo que atrae su atención; En las bocas de los grifos del hidromasaje vacío , observa que hay restos de piel humana. En las rejillas del piso de la cocina y del lavadero interno, también descubre delgadas lonjas de piel.
-¿Quiere decir que los órganos de esta gente se fueron por la cañerías? pregunta el capitán
Castillo al médico.
-Todo parece indicar eso capitán. Creo que estamos ante un hecho poco común y muy grave,
responde el médico con preocupación.
-¿Algo sobrenatural, quizás? Dice Castillo.
-No sé que diablos es, pero estamos ante algo desconocido y terriblemente peligroso, le contesta
el médico.
El comisario Vélez que ha permanecido en silencio, parece aprobar lo dicho por el facultativo
El también piensa que sería un gran riesgo para los ocupantes del edificio permanecer allí. Lo más razonable sería evacuarlo e informar a las autoridades sobre lo que allí está ocurriendo. El comisario dá a conocer su punto de vista al doctor Marino y al capitán Castillo. Luego de escucharlo atentamente, Castillo le dice:
-Creo que evacuar a nuestros vecinos es por ahora una medida casi imposible, ya que para
llevar a cabo esto tendríamos que contar con ayuda exterior. Necesitamos que la gente salga sin riesgos. Las calles están inundadas y es mucha la profundidad del agua, no olvidemos que somos
responsables de la seguridad de treinta y seis personas, dice Castillo.
-Capitán, yo soy partidario de hacerle saber al resto de la gente lo que está pasando aquí y una
vez informados, que ellos mismos tomen decisiones individuales, responde el médico.
El capitán Castillo guarda silencio. Piensa que tomar una determinación apresurada no es lo más
conveniente en las circunstancias actuales. Casi toda la gente que se encuentra sitiada en la torre está enterada de las muertes del encargado Ramón y de su mujer. Algunos suponen que fallecieron por asfixia, pero ¿cómo explicarles que las aguas devoran órganos humanos?
Castillo recuerda las horas difíciles en la posición a su cargo durante la batalla del Monte Longdon, durante la batalla de Malvinas. Todos sus hombres se mantuvieron firmes en sus puestos y combatieron con valor en ese feroz encuentro. Ahora sus enemigos no son paracaidistas ingleses. Este es un adversario invisible , escurridizo , y para nada convencional. Simplemente se trata de luchar contra el líquido. La voz del comisario Vélez, lo vuelve a la realidad.
-Capitán, ¿cual es su decisión? pregunta Vélez con ansiedad.
-Mire doctor, soy un infante de marina. Fui preparado para enfrentarme con soldados
profesionales y hoy, esta situación me supera, es la verdad. No sé que actitud tomar, le
responde Castillo .
-Si me permiten, opino que deberíamos descansar un rato. Todos estamos agotados y con
mucha presión encima. ¿Que les parece si nos reunimos en un par de horas y tomamos una
determinación final? propone el doctor Marino.
-Sí, es una buena idea dice Castillo, si están de acuerdo en dos horas nos encontramos en mi
departamento.
El ex comisario Vélez, le pidió a Burgos y Arregui, los dos vecinos voluntarios que lo acompañaban que momentáneamente no hablaran con nadie sobre lo que habían encontrado en el departamento de Mora. También acordaron por determinación de Castillo cerrar la vivienda y dejar todo en su lugar inclusive los cuerpos, a fin de no entorpecer una futura investigación de la justicia. Una vez cerrada la puerta del lugar, todos se dirigen hacia la escalera principal. El comisario Vélez y el capitán descienden juntos hacia sus respectivas moradas. Ya cerca de su departamento, Vélez apoya su mano en el hombro del capitán al tiempo que le dice:
-¿Tiene ganas de tomarse unos mates?
Castillo vive solo, su esposa ha fallecido hace dos años y su único hijo reside en España. Está
extenuado, pero sabe perfectamente que no podrá descansar. Se siente dominado por los nervios y no le parece nada mal aceptar la invitación de Vélez.
-Está bien comisario. Si no es molestia, acepto su invitación, responde Castillo.
Vélez abre la puerta de su vivienda. Gentilmente hace pasar primero al capitán. La esposa del comisario está escuchando la radio. Es una mujer de cincuenta y cinco años y aparenta muchos menos. Con una sonrisa, recibe a los dos hombres . Es la primera vez que el capitán entra en su casa. Ante un gesto de su marido, sonríe y cierra la puerta de la cocina, dejando solos a los dos hombres.
El doctor Marino está agitado. Respira profundamente antes de ingresar a su departamento en el cuarto piso de la torre. Lo que ha visto supera todo su conocimiento. Abre la puerta e ingresa. Su esposa Ana está sentada en el living tomando café con una vecina del edificio. La mujer se sorprende al ver el rostro pálido de su marido que saludando con fingida naturalidad a ambas mujeres se dirige hacia el cuarto de baño . El médico se lava las manos y la cara casi obsesivamente. Los nervios le recorren todo el cuerpo. Una y otra vez las imágenes de los cadáveres parecidos a momias desinfladas vienen a su mente. También el terrible descubrimiento en la grifería y hendijas le preocupa. Ahora, el agua sale con fuerza por las canillas de su lavatorio. El médico mira el agua detenidamente. El líquido no es transparente, su color es grisáceo claro. Un pensamiento asalta su mente. Sí, piensa. Eso es, algo alteró las aguas, algo extraño sucede en el río. Todos los cadáveres estaban heridos por distintas razones y sangraban, esto explica la succión de órganos. Todo evidencia que la carne humana fue devorada por las aguas que sale por estos grifos, la absorbe y luego la transporta hacia un núcleo central que necesita alimentarse de materia orgánica, ¡sí eso es lo que está ocurriendo! piensa el doctor Marino plenamente convencido. ¡Mierda, todo parece probar lo mismo!, es la sangre, la sangre atrae a las aguas alteradas. No se puede dejar esto en secreto, estamos ante una amenaza muy grave. Dos suaves golpes en la puerta del baño, lo sacan de sus pensamientos. Se mira en el espejo y vé su rostro pálido, cansado y cubierto de sudor. La voz de su mujer se escucha desde el otro lado.
-¿ Diego, estás bien?
-Sí, Ana, todo está en órden, ya salgo, responde Marino con disimulada tranquilidad.
-Pensé que te pasaba algo, ¿te sentís realmente bien? le pregunta su esposa.
Marino sale finalmente del cuarto de baño, primero abraza a su mujer y le responde:
-No, solo estoy un poco cansado y necesitaba mojarme la cara, le dice el médico con una
pequeña sonrisa.
La mujer percibe que su esposo no le está diciendo la verdad. Y vuelve a insistir. Esta vez con un tono más severo:
- ¿Diego, que está pasando?
-Mirá Anita, es difícil explicar lo que está pasando, pero es muy delicado y si te lo cuento, es
posible que pienses que estoy loco, le dice el médico al tiempo que se acomoda en uno de los
sillones del amplio living.
Ana acaricia el cabello de su esposo con suavidad, enciende un cigarrillo y camina hacia la cocina. En seguida retorna al living llevando dos tazas de café. El doctor Marino intenta armar las palabras para explicarle a su esposa todo lo que ha descubierto. Sabe que se sentirá mucho mejor si le dice la verdad a la mujer que lo comprende y ama. Ana ha tomado un sorbo de café. Está ansiosa por escuchar a su marido. Marino mueve sus manos nerviosamente. Mira ahora fijamente a su mujer y comienza el relato.
En tanto, en el departamento del ex comisario Vélez, el capitán Castillo, deposita el mate vacío sobre la mesa. La imagen de los seis cadáveres sin sus órganos internos, lo asalta repetidamente. Solo la presencia de Vélez, el hombre que junto al doctor Marino le acompañan incondicionales en esta emergencia lo tranquiliza y se siente respaldado. Vélez está mirando una lista de necesidades que el resto de sus colaboradores han volcado en un cuaderno. Lo primero que han solicitado es una nómina de los vecinos que se encuentran presentes en la torre. En segundo término figura el estado físico y mental de los ocupantes de cada departamento y finalmente las reservas alimenticias que poseen las familias. Castillo está seguro que deberán permanecer varios días más en esta situación y cree necesario racionalizar los víveres en una única despensa comunitaria.
También sabe que ésta decisión le acarreará inconvenientes con algunos de sus vecinos, pero la racionalización será una medida indiscutible y de cumplimiento estricto. Vélez enciende otro cigarrillo, aspira profundamente y exhala el humo con suavidad al tiempo que mirando al capitán le pregunta:
-Y el agua, capitán que hacemos con el agua?
-Castillo lo mira sorprendido. ¿Qué agua Carlos?
-Le pregunto si armamos un depósito con toda el agua mineral existente, dice Vélez.
-No creo que tengamos tantas botellas o bidones de agua mineral en el edificio, pero...¿A que
viene su inquietud? preguntaCastillo. .
-Creo prudente consultar al doctor Marino, sobre si es conveniente que bebamos el agua de las
canillas.